“Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero, desde que sé que no vendrás más nunca….” Cantaba Ella mientras bordaba con sus ojos hilos de lluvia.
Se despedía el invierno de los ciruelos, dejándoles de ofrenda pequeños versos en flor y en promesas. El aire comenzaba a liberar dulzura y repartía la tibieza del sol augurando primaveras. Las tardes alargaban su partida, parecían querer pintar naranjos en el cielo, esquivaban la noche jugando a encender estrellas y ella las iba saludando una a una por su nombre.
“Que maneras más curiosas, de recordar tiene uno… hoy recuerdo mariposas, que ayer sólo fueron humo… mariposas, mariposas que emergieron de lo oscuro…” y en lánguida oscuridad ella se acomodaba en su nido de seda, encerrada y casi inmóvil, perfectamente desnuda, con sólo una garganta capaz de sostener la pausa impuesta a su amargura. Capullo de si misma, ceñida a sus temores, abrazada a la nostalgia, detenida.
Cuarta primavera por comenzar embistiendo sus cuarenta soledades, pensó en mariposas, hadas milcolores que se gestan en silencio, que embellecen su ropaje en aparente inmovilidad pero profunda metamorfosis, se miró las alas atrofiadas, supuso igual el resto de su cuerpo.
“Ay mariposa, tú eres el alma de los guerreros que aman y cantan, y eres el nuevo ser que se asoma por mi garganta”. Tendría que salir, condenando a la batalla los recuerdos, tendría que doler, como duele parir el alma a mitad de la vida.
“Siglos atrás inundaron un segundo, debajo del cielo, encima del mundo”, y en un segundo se inundó de aire, pujó sus sueños, y al abrir el pecho rompió la crisálida de sus miedos, y cantó con garganta desbocada, bordando con sus ojos paisajes nuevos.
"No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo.
Aquí, mujer, te dejo tu figura."
RETRATO DE MUJER
Gonzalo Rojas
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo.
Aquí, mujer, te dejo tu figura."
RETRATO DE MUJER
Gonzalo Rojas
sábado, 28 de agosto de 2010
VI
viernes, 20 de agosto de 2010
V
Ella enredaba la luna en su cabello, despojaba del mar sus estelas y las iba dejando tras sus pasos como gotas de pasado. No recordaba su nombre, pues sabía que nunca la han llamado, pero recogía memorias inventadas y tapizaba su historia a retazos.
Ella era triste mas no conocía la tristeza, no sabía que era algo que perforaba el pecho hasta hacerlo emanar por la mirada. Ella solo era triste, así, sin grandes pretensiones.
No se sabe si fingía o volaba, pero el hecho es que la tierra la expulsaba hacia el cielo, como si sus pies y el mundo fueran polos opuestos, y sus pasos y sus estelas siempre iban a centímetros del suelo. Flotaba rozando el universo y las sombras, mas nunca podía aprehenderlas, no lograba sostener el tiempo entre sus manos entonces lo dejaba partir sin despedidas. Nunca había tenido nada, asique nada le dolía.
Quizás por ver todo desde el aire, no conocía los temblores, ni el desequilibrio que obliga a las piernas a doblar esfuerzos. Nunca se le habían doblado las rodillas y mucho menos había sentido tiritar su cuerpo.
Ella era triste mas no conocía el amor, no sabia que era algo que perforaba el alma hasta hacerla emanar bajo la falda. Ella era triste, así, sin buscar deudores.
Pero llegó esa noche.
No había luna, por lo que su cabello descendía por su espalda a tientas en la oscuridad, a tientas también, reconoció su nombre que la buscaba, se acercó a develar el aroma de esa voz y respiró del aire que quedó entremedio de sus dudas y esos ojos inciertos. Trató de huir del vértigo y de esas manos curiosas que tropezaban hábilmente con su cuerpo, e intentó vencer de un respingo la fuerza de esa piel que la imantaba.
Unos brazos hiedra la trajeron hasta el suelo, la recostaron con ternura en la tierra, le rozaron los labios y el desconcierto, y sin conocer los besos, besó con lengua inquieta y saliva desbordada.
Temblaron sus entrañas, tembló su voz agrietando el silencio y sintió la eternidad del tiempo vibrando en un solo latido, tan feroz, tan gigante, que podría haber bombeado un rio.
Llegó la mañana y conoció las despedidas… dolían. Se levantó con el alma mojada, dos lágrimas que rebotaron en la tierra y una sonrisa estallando de sus pupilas.
Intentó alzar el vuelo, pero sintió que desde sus talones brotaban raíces firmes.
Mirando el cielo se sentó en la tierra y respiró del aire que quedó entremedio.
Esa noche, Ella conoció el amor y la tristeza, mas nunca volvió a ser triste.
Ella era triste mas no conocía la tristeza, no sabía que era algo que perforaba el pecho hasta hacerlo emanar por la mirada. Ella solo era triste, así, sin grandes pretensiones.
No se sabe si fingía o volaba, pero el hecho es que la tierra la expulsaba hacia el cielo, como si sus pies y el mundo fueran polos opuestos, y sus pasos y sus estelas siempre iban a centímetros del suelo. Flotaba rozando el universo y las sombras, mas nunca podía aprehenderlas, no lograba sostener el tiempo entre sus manos entonces lo dejaba partir sin despedidas. Nunca había tenido nada, asique nada le dolía.
Quizás por ver todo desde el aire, no conocía los temblores, ni el desequilibrio que obliga a las piernas a doblar esfuerzos. Nunca se le habían doblado las rodillas y mucho menos había sentido tiritar su cuerpo.
Ella era triste mas no conocía el amor, no sabia que era algo que perforaba el alma hasta hacerla emanar bajo la falda. Ella era triste, así, sin buscar deudores.
Pero llegó esa noche.
No había luna, por lo que su cabello descendía por su espalda a tientas en la oscuridad, a tientas también, reconoció su nombre que la buscaba, se acercó a develar el aroma de esa voz y respiró del aire que quedó entremedio de sus dudas y esos ojos inciertos. Trató de huir del vértigo y de esas manos curiosas que tropezaban hábilmente con su cuerpo, e intentó vencer de un respingo la fuerza de esa piel que la imantaba.
Unos brazos hiedra la trajeron hasta el suelo, la recostaron con ternura en la tierra, le rozaron los labios y el desconcierto, y sin conocer los besos, besó con lengua inquieta y saliva desbordada.
Temblaron sus entrañas, tembló su voz agrietando el silencio y sintió la eternidad del tiempo vibrando en un solo latido, tan feroz, tan gigante, que podría haber bombeado un rio.
Llegó la mañana y conoció las despedidas… dolían. Se levantó con el alma mojada, dos lágrimas que rebotaron en la tierra y una sonrisa estallando de sus pupilas.
Intentó alzar el vuelo, pero sintió que desde sus talones brotaban raíces firmes.
Mirando el cielo se sentó en la tierra y respiró del aire que quedó entremedio.
Esa noche, Ella conoció el amor y la tristeza, mas nunca volvió a ser triste.
sábado, 31 de julio de 2010
IV
Ella le llevaba el café cada mañana hablándole del tiempo, de los fríos que no cesan y que circulan por la habitación escarchando aún más su silencio. Le dejó la taza hirviente sobre la mesa a un costado de la cama, se alejó mirando el techo y recitando como golondrina entumecida.
La noche había sido intacta a tantas noches, Ella buscando, él evitando. No recordaba cual había sido la última frase compartida, ni el último beso de buenos días. Se levantaba antes que la aurora, para camuflar los rastros de insomnio que le colgaban de las pupilas. Se inyectaba una sonrisa en la boca y drenaba la acidez de su alma en la cocina. Servía café con dos intentos de dulzura, y lo ofrecía con tres versos que derramaba sin querer.
Entró al baño y abrió la ducha esperando que el vapor tiñera pronto los espejos, no quería saludar a su reflejo, ni castigar a su imagen por haberse convertido en esta mueca de mujer.
Siguió recitando distraída mientras el agua descendía coqueteando con su cuerpo, envolviéndole los hombros, rozándole los senos, navegando por la rivera de su piel acariciando pliegues y laderas que casi había olvidado. Sintió como un riachuelo tibio le besaba a gotas la cintura, se enredaba en su vientre y bailaba entre sus piernas. Sonrió al percibir el calor licuado en su espalda, abrazándola. Se dejo acariciar y abrió los labios jugando a capturar las chispas de agua con su lengua.
Sabían a sal, y bebió de un trago sus mentiras. Con los ojos cerrados pudo verse a si misma inventándose los días. Se secó los sueños y la piel con la toalla. Recordó aquella mañana en que salía del baño vestida y perfumada, y se encontró con la ausencia burlándose en su cama. Dos papeles grises que hablaban de cansancio, rutinas y finales, firmados por quien debía amarla hasta que la misma muerte los separe. Recordó el frio, la escarcha y el silencio, y esas últimas palabras: “ya no vuelvo”.
Salió del baño vestida y perfumada, recogió la taza de café helado y lo llevó a la cocina donde otra vez, por más de cien días y tres semanas, drenó su dulzura y sus lágrimas.
La noche había sido intacta a tantas noches, Ella buscando, él evitando. No recordaba cual había sido la última frase compartida, ni el último beso de buenos días. Se levantaba antes que la aurora, para camuflar los rastros de insomnio que le colgaban de las pupilas. Se inyectaba una sonrisa en la boca y drenaba la acidez de su alma en la cocina. Servía café con dos intentos de dulzura, y lo ofrecía con tres versos que derramaba sin querer.
Entró al baño y abrió la ducha esperando que el vapor tiñera pronto los espejos, no quería saludar a su reflejo, ni castigar a su imagen por haberse convertido en esta mueca de mujer.
Siguió recitando distraída mientras el agua descendía coqueteando con su cuerpo, envolviéndole los hombros, rozándole los senos, navegando por la rivera de su piel acariciando pliegues y laderas que casi había olvidado. Sintió como un riachuelo tibio le besaba a gotas la cintura, se enredaba en su vientre y bailaba entre sus piernas. Sonrió al percibir el calor licuado en su espalda, abrazándola. Se dejo acariciar y abrió los labios jugando a capturar las chispas de agua con su lengua.
Sabían a sal, y bebió de un trago sus mentiras. Con los ojos cerrados pudo verse a si misma inventándose los días. Se secó los sueños y la piel con la toalla. Recordó aquella mañana en que salía del baño vestida y perfumada, y se encontró con la ausencia burlándose en su cama. Dos papeles grises que hablaban de cansancio, rutinas y finales, firmados por quien debía amarla hasta que la misma muerte los separe. Recordó el frio, la escarcha y el silencio, y esas últimas palabras: “ya no vuelvo”.
Salió del baño vestida y perfumada, recogió la taza de café helado y lo llevó a la cocina donde otra vez, por más de cien días y tres semanas, drenó su dulzura y sus lágrimas.
viernes, 30 de julio de 2010
III
Había una vez….hubo tantas veces, sin embargo, ella esperaba, siempre esperaba. Se sobaba la espalda con las tibias sábanas, disimulando la avidez de sus sentidos.
Existía un afuera que despertaba tras la ventana, se acercó a ella, se arropó con el calor de sus deseos, extrajo la última gota de una desvanecida cerveza, encendió un cigarro, expiró el humo y el sueño.
El afuera parece entumecido, se detuvo el tiempo a las 6 de la mañana, tal vez un regalo para ella que tanto había necesitado rescatar un instante. Decidió partir, hacer frente a la bulla citadina, tal vez ya llevaba los ojos prisioneros por eso no alcanzó a ver que afuera llovía. No le hizo caso a esas lágrimas celestiales que mojaron sus atuendos ni al motorizado galán que insistía en llevarla…“estás tan lejos, tan sola, tan mojada”le repetía su casual compañero de vía, y ella siguió su rumbo de despedidas.
Caminó despacio, la vida entera la esperaba, no en vano había logrado ver el amanecer, después de despedirse en el ocaso. Caminaba sin pensar, sin intentar recordar donde habían quedado las pastillas que sobraron y que tal vez por eso había despertado…“no fueron suficientes”… se hubiera dicho reprochándose más tarde, tal vez había que tragarlas más rápido. Que más dá, ella caminó despacio, por primera vez en sus treinta años amordazó al tiempo.Alguien la esperaba detenido en la distancia, mas ella no lo vio ni reconoció sus silencios, pasó por su lado sin bienvenidas ni nostalgias. Siguiendo sus propios pasos, haciéndose de su propia huella respiró hondo y sintió lo amargo de su garganta, “nunca más” se dijo, le prometió a su tristeza un cobijo y pedir ayuda para su alma.
“Nunca más” se repetía mientras iba despertando por primera vez desde que se levantó de la cama. Recordaba poco a poco los últimos minutos antes de caer rendida entre cápsulas blandas y otras no tanto. Recordó su mano acariciando sus muslos abriendo aquella flor despreciada por otros, recordó la humedad que rociaba sus dedos y el espumoso vértigo atrapado en sus entrañas, recordó la explosión y los gemidos y el revoloteo de murciélagos y nubes en su techo. Recordó la pena, recordó, se recordó.Y lloró, como la María de Magdala, lloraba por ayeres, por mañanas,lloraba por ella, por lo que ya no estaba,lloró porque hace tantos tiempos que no lloraba, y sus lagrimas recorrían los mismos surcos de otras tantas que ya se habían secado, una herida antigua se levantó moribunda y sangró recuerdos y ella lloraba …estaba tan lejos, tan sola, tan mojada.
Existía un afuera que despertaba tras la ventana, se acercó a ella, se arropó con el calor de sus deseos, extrajo la última gota de una desvanecida cerveza, encendió un cigarro, expiró el humo y el sueño.
El afuera parece entumecido, se detuvo el tiempo a las 6 de la mañana, tal vez un regalo para ella que tanto había necesitado rescatar un instante. Decidió partir, hacer frente a la bulla citadina, tal vez ya llevaba los ojos prisioneros por eso no alcanzó a ver que afuera llovía. No le hizo caso a esas lágrimas celestiales que mojaron sus atuendos ni al motorizado galán que insistía en llevarla…“estás tan lejos, tan sola, tan mojada”le repetía su casual compañero de vía, y ella siguió su rumbo de despedidas.
Caminó despacio, la vida entera la esperaba, no en vano había logrado ver el amanecer, después de despedirse en el ocaso. Caminaba sin pensar, sin intentar recordar donde habían quedado las pastillas que sobraron y que tal vez por eso había despertado…“no fueron suficientes”… se hubiera dicho reprochándose más tarde, tal vez había que tragarlas más rápido. Que más dá, ella caminó despacio, por primera vez en sus treinta años amordazó al tiempo.Alguien la esperaba detenido en la distancia, mas ella no lo vio ni reconoció sus silencios, pasó por su lado sin bienvenidas ni nostalgias. Siguiendo sus propios pasos, haciéndose de su propia huella respiró hondo y sintió lo amargo de su garganta, “nunca más” se dijo, le prometió a su tristeza un cobijo y pedir ayuda para su alma.
“Nunca más” se repetía mientras iba despertando por primera vez desde que se levantó de la cama. Recordaba poco a poco los últimos minutos antes de caer rendida entre cápsulas blandas y otras no tanto. Recordó su mano acariciando sus muslos abriendo aquella flor despreciada por otros, recordó la humedad que rociaba sus dedos y el espumoso vértigo atrapado en sus entrañas, recordó la explosión y los gemidos y el revoloteo de murciélagos y nubes en su techo. Recordó la pena, recordó, se recordó.Y lloró, como la María de Magdala, lloraba por ayeres, por mañanas,lloraba por ella, por lo que ya no estaba,lloró porque hace tantos tiempos que no lloraba, y sus lagrimas recorrían los mismos surcos de otras tantas que ya se habían secado, una herida antigua se levantó moribunda y sangró recuerdos y ella lloraba …estaba tan lejos, tan sola, tan mojada.
II
Sucedió una tarde, no sabe ni quiere saber como se inició en el camino de las lágrimas. Sólo reconoce una frágil sacudida de sus vísceras al aire. Ella era simple, acariciaba el valor de lo poco y así de simple coincidía con las humildades. Ella no tenía rumbo, giraba en torno a las circunstancias, sin antes ni despueses, sólo existía en instantes que se suceden y desaparecen como tragados por el cosmos. Llevaba impresa las incertidumbres, los antagonismos y las vulnerabilidades. Ella sabia del amor, reconocía el palpitante destello de una mirada, sabía describir la perentoria armonía que se crea cuando gimen las entrañas. Ella conocía el desamor, había traspasado los límites de la locura ante la distancia, sabía describir la perfecta trilogía de una lágrima y todo el arcoiris de dolores que engendran los adioses.Tenía pieles transparentes, por lo que se veía todo aquello que guardaba, mas tampoco quiso nunca vestirse, toda indumentaria ajena a su propio cuerpo le incomodaba. Ella visitaba el universo, paseaba galopante al arrimo de las galaxias, nunca estaba lo suficientemente cerca, ni para asirla de la cintura, ni para abrazarla.
Porque existió esa tarde, había señalado en su calendario sensorial ese día primero, no podía ya guarecerse de él. Ni las estrellas ni los soles podrían cobijarla, permanecía en su memoria como reliquia enmarcada.
Porque existió esa tarde, Ella partió rumbo al mar una noche, la primera noche del iniciante ciclo que la amenazaba, quería disfrazarse de Alfonsina y regalarle un nuevo sitio a su alma.
Porque existió esa tarde, había señalado en su calendario sensorial ese día primero, no podía ya guarecerse de él. Ni las estrellas ni los soles podrían cobijarla, permanecía en su memoria como reliquia enmarcada.
Porque existió esa tarde, Ella partió rumbo al mar una noche, la primera noche del iniciante ciclo que la amenazaba, quería disfrazarse de Alfonsina y regalarle un nuevo sitio a su alma.
I
Ella escribía con el alma embalsamada, escribía versos prohibidos para su estampa llena de cadenas, venía del ocaso suspirando sobre las margaritas, deshojando las espigas entre sus manos mutiladas. No callaba nunca, su garganta explotaba en el silencio, no podía callar sin morder la soledad…entonces..sentía.
Y también soñaba, con un náufrago desolado, en una playa con dos lunas – vigilantes y exhaustas- que arrebataba su corazón con un hambre carnívora y unos labios ensanchados por el sabor de su sangre enamorada. Entonces…sentía.
Y despertaba, inmersa en la grieta de su vida, allí donde convergen los abismos, calladitos, estáticos, sin temblores ni amenazas. Entonces…vivía. Sin grandes pretensiones, aguardando la calma de la mañana, los colores susurrantes del atardecer y la noche cabizbaja. Fue testigo de las horas, que al pestañeo fueron años, no alcanzó a velar su juventud cuando tuvo que vestirse de señora.
Reía fuerte…para ocultar las ruinas de su alegría, para amontonar las cicatrices bajo el brazo. Y lloraba…despacito, bajo el silencio, bajo la almohada, sobre su pecho, con el alma desparramada. Nadie le vio nunca una lágrima en su mejilla, ni la brillante transparencia de sus pupilas. Aunque así hubiera sido, ella sabía reír tan bien, habíase hecho experta en la seducción de una sonrisa. Conocía los sortilegios y las mentiras. Sabía desprenderse del dolor y burlar una carcajada. Entonces…lloraba.
Sumida en el letargo cotidiano, en la costumbre vacía, se detuvo un instante frente a un susurro que la llamó del otro lado de la vida. El aliento dulce de una voz segura, se apoyo en su mirada, le abrió los labios sin cautela y le extrajo de un suspiro las mil verdades bien guardadas. No valieron sus argumentos más que esa lágrima que desgarraba las palabras, no valieron sus “no puedo” más que ese fuego que se desataba en sus entrañas. No pudo asirse de sus miedos, no pudo arrancar desesperada, no pudo, (no quiso, cuenta avergonzada). Entonces….amaba.
Ahora, yace bajo la sombra de sus culpas que se deshojan una a una, se recuesta sobre su sangre que de ardiente se evapora. Asombrada observa a este hombre de miel que sin permisos ni contiendas se tiende en su piel, desatando las cadenas para cubrirla de sedas. No puede agradecerle sin herirle, entonces ella se viste con los más húmedos labios que yacían olvidados y lo besa lentamente, intentando depositar allí las “gracias” prohibidas…No puede amarle sin herirle, entonces lo mira mientras tanto, a ciegas en la distancia, roza su silueta momentánea, acaricia hasta las fibras medulares de su imagen y su alma, lo abraza contenida, se impregna de su aroma, le arrebata la nostalgia…y le escribe en silencio, en la noche, en su ausencia, en su jaula.
Y también soñaba, con un náufrago desolado, en una playa con dos lunas – vigilantes y exhaustas- que arrebataba su corazón con un hambre carnívora y unos labios ensanchados por el sabor de su sangre enamorada. Entonces…sentía.
Y despertaba, inmersa en la grieta de su vida, allí donde convergen los abismos, calladitos, estáticos, sin temblores ni amenazas. Entonces…vivía. Sin grandes pretensiones, aguardando la calma de la mañana, los colores susurrantes del atardecer y la noche cabizbaja. Fue testigo de las horas, que al pestañeo fueron años, no alcanzó a velar su juventud cuando tuvo que vestirse de señora.
Reía fuerte…para ocultar las ruinas de su alegría, para amontonar las cicatrices bajo el brazo. Y lloraba…despacito, bajo el silencio, bajo la almohada, sobre su pecho, con el alma desparramada. Nadie le vio nunca una lágrima en su mejilla, ni la brillante transparencia de sus pupilas. Aunque así hubiera sido, ella sabía reír tan bien, habíase hecho experta en la seducción de una sonrisa. Conocía los sortilegios y las mentiras. Sabía desprenderse del dolor y burlar una carcajada. Entonces…lloraba.
Sumida en el letargo cotidiano, en la costumbre vacía, se detuvo un instante frente a un susurro que la llamó del otro lado de la vida. El aliento dulce de una voz segura, se apoyo en su mirada, le abrió los labios sin cautela y le extrajo de un suspiro las mil verdades bien guardadas. No valieron sus argumentos más que esa lágrima que desgarraba las palabras, no valieron sus “no puedo” más que ese fuego que se desataba en sus entrañas. No pudo asirse de sus miedos, no pudo arrancar desesperada, no pudo, (no quiso, cuenta avergonzada). Entonces….amaba.
Ahora, yace bajo la sombra de sus culpas que se deshojan una a una, se recuesta sobre su sangre que de ardiente se evapora. Asombrada observa a este hombre de miel que sin permisos ni contiendas se tiende en su piel, desatando las cadenas para cubrirla de sedas. No puede agradecerle sin herirle, entonces ella se viste con los más húmedos labios que yacían olvidados y lo besa lentamente, intentando depositar allí las “gracias” prohibidas…No puede amarle sin herirle, entonces lo mira mientras tanto, a ciegas en la distancia, roza su silueta momentánea, acaricia hasta las fibras medulares de su imagen y su alma, lo abraza contenida, se impregna de su aroma, le arrebata la nostalgia…y le escribe en silencio, en la noche, en su ausencia, en su jaula.
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