"No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo.
Aquí, mujer, te dejo tu figura."
RETRATO DE MUJER
Gonzalo Rojas



viernes, 5 de octubre de 2012

XIX


Era un viejo rito hacia la fertilidad del corazón, con esto Ella lograba estar en permanente gestación de sentimientos, los gestaba y los paría, a través de dos pupilas. Los iba ofreciendo al mundo como ofrenda, los daba en adopción permanente o sólo los dejaba cuidando mientras tanto.

El rito consistía en quedarse quieta contemplando.

Veía niños que hablaban con sus maestros invisibles, que sonreían a los adultos en actitud de complacencia y compasión, de ellos fecundaba la humildad.

Veía hombres empujando sueños en una carreta que luego vendían a bajo precio, sentía la impotencia de esos brazos fortalecidos por el cansancio y de ellos gestaba valentía.

Se conmovió con mujeres que ofrecían su pan y su sonrisa a pesar de la carencia de alimentos y su hambre de caricias, de ellas, de todas y cada una de ellas incubaba la bondad.

Así  el mundo se le iba transformando en permanentes latidos, y su mirada palpitante se depositaba en todos los rincones no vistos. 

La llamaron ingenua, pero no comprendió el significado de esas palabras, no lograba escuchar, sólo observaba. Siempre supo que el origen del lenguaje reside en el cuerpo entero, en la danza de las manos, en los perfiles y en los cautivos monólogos internos. 
La llamaron loca y parió una sonrisa, no porque comprendiera, sino porque le atrajo la sentencia de esos ojos cuando la miraron.

Y seguía contemplando, entre los ecos, en medio del ruido incesante de las imágenes cotidianas,  seguía sintiendo.

sábado, 21 de enero de 2012

XVIII

“La pasión surge en el miedo”, dijo Ella mientras apretaba el volante con la mirada lejos de la ruta por tener los ojos llenos de recuerdos. Desmenuzaba su vida como robándole los pétalos a una margarita, los que luego iba tirando uno a uno hacia la orilla del camino. Yo la observaba con asombro, y con la certeza de que era cierto.

La pasión estalla en el amor que tiembla de terror a ser abandonado, cuando se desdibuja el cuerpo amado y la piel propia lo rodea para fundirlo, atraparlo, sellarlo a los huesos y a los poros. Cuando se busca en la inmediatez de un segundo entregar la vida, porque el mañana es muerte.

La pasión se alimenta de la temida y potencial despedida, es ahí cuando rugen los sentidos y se erizan los besos, cuando arde el vientre, cuando el sudor corroe los pliegues de la carne y quedamos desnudos con el alma hirviendo. Es en ese instante.

Tomé sus recuerdos como si fuesen míos, tanto los conocía que podría haberlos vivido. Pero eran de Ella, la misma que seguía conduciendo un automóvil que nos llevaba hacia el mismo lugar que nos vio ausentarnos, el mismo lugar que por tantos años ha testificado las heridas.

Y el amor sereno?, pregunté al aire, sin querer recibir respuesta, pero Ella no quería más silencios.

Es cansancio, dijo al mirar mi corazón tendido. Es el amor que se ha cansado de temer y se arrulla en el regazo. Es el sabio instinto de sobrevivencia.

No quería seguir escuchando pero Ella no quería seguir callando.

Traté de evadir sus palabras girando mi tristeza hacia la ventana, pero la calle estaba muda, ni siquiera las veredas emitían pasos, ni los árboles suspiros.

Y Ella hablaba. De la quietud inerte, de la tibieza impasible, de las salivas que quedaron en un beso olvidado, de la madurez tranquila y los vientres congelados.

Entonces quiero tener miedo, dije con una voz ventrílocua que no venía de mi garganta. Quiero temblar, aterrarme, sudar, beber, desfallecer, resucitar y arder. Quiero tener miedo.

Ya lo tienes, dijo Ella mirando mi corazón exaltado…. Ya lo tienes.

domingo, 8 de enero de 2012

XVII

Se acercaba la mirada de la tarde, el destello cansado de quienes se han cansado de mirar. Existían otros ojos allá fuera, en una selva inquieta y delirante; ojos grandes, pequeños, rasgados, oscuros, bicolores, sonrientes, mudos. Eran demasiadas pupilas que rebotaban contra la suya, sin lograr reconocerla. Y Ella seguía en búsqueda de aquella especial.
Creía en la existencia de una mirada única, aquella que planea sobre la calma y el caos con igual intensidad, aquella que logra hacer vibrar el vientre, y desnuda las pieles.
Por esa mirada Ella construía puentes invisibles, por esas pupilas imaginadas era capaz de respetar la luz del día y salir hacia el tumulto. La buscaba entre las ruinas, en un cementerio de miradas pálidas y frías que sobrevivían a la muerte del alma, y se tendían sobre el cemento hurgando pedacitos de cielo.
Por esa mirada hubiera renunciado a su muerte, y habría continuado haciendo caminos, sin el desencanto de las grietas que hundían sus pasos, sin el temor a las cumbres que agotaban sus sueños.
Habría despojado de su cuerpo todas las cicatrices, y habría vestido su cabello de caricias al viento. Por esa mirada que sabría reconocerla… y mirarla.
Pero no llegaba.

Esa tarde, cansada de recibir los destellos anónimos y miopes de cientos de pupilas arrancadas de sus almas, la encontró clavándole los párpados, urgiéndole a mirarla, ahí estaba con su brillo titilando pasiones, con la profunda intensidad de la calma. La vio como sonreía a través de las pestañas, como emanaba amor del tierno y recorría las cicatrices de su cuerpo y recibía las caricias de su pelo.
Vio como una hermosa y abultada lágrima se desprendía y deslizaba de esa mirada que seguía fija en Ella, al otro lado del espejo.


http://www.youtube.com/watch?v=QodvurHXLBU

jueves, 17 de noviembre de 2011

XV

Era invierno,de esos con aroma a manantiales sureños. Caían los días abultados de noches, negociando con las horas que esquivaban el sueño,las caderas demasiado ceñidas y los ojos insomnes, buscando estrellas que fugarían intoxicadas tras del manto del humo citadino.

Sintió el preámbulo del silencio que se acercaba. Ella, la que pisaba fuerte, salió al frío.

Las calles se alfombraban de recuerdos y nostalgias, los faroles desparramando jirones amarillos. Oyó las voces del crepúsculo y olió la madrugada que olía a chocolate tibio. Con el pretexto de ser libre se lanzo a las distancias, y las razones se empollaron en el nido de sus manos desatadas.

viernes, 14 de octubre de 2011

XIV

Ella escribió sobre su piel anónima, tatuándose verdades. "Ya no seré la viuda de mi existencia", y arrasó el luto de su cuerpo convirtiendo en trueno sus palabras. Sabía lo que era aún antes de serlo, sabía que sus manos sanaban soledades y que sus miradas eran cómplices del silencio, que podía amar sin excusas ni decorados argumentos, que su espíritu podía volar o aquietarse junto al fuego.

"Estoy aqui, envuelta en carne, tengo fibras, poros, sangre. Tengo sensaciones, fríos, torrentes, humedades. Tengo una vida que clama desde la tierra, una piel que se eriza con el roce del viento, tengo alas transparentes que planean bajo mi oido y sobre los cimientos, tengo la fuerza de la sobrevivencia y la paciencia de la muerte."

No basta con lamer la herida si no se arranca la espina, no son suficientes las lágrimas para limpiar las ruinas, ni el cansancio consigue apurar el término del dia.

Y Ella detuvo con su voz la confusión de la tormenta, calmó el trepidar de sus pupilas con visiones nuevas, envolvió la tempestad con su cuerpo, recorrió hasta el omega del tiempo y aunque quiso volar, decidió aquietarse junto al fuego.

lunes, 1 de agosto de 2011

XIII

A veces Ella corrompía el frío desatando vapores de su piel, no creía en los naufragios, decía que los olvidos sólo son pasajeros extraviados en el tiempo, se reía de todo aquello que esperó y que no fue.
Besaba con labios inconclusos, creía que los besos siempre deben dejar sabores forasteros porque así vuelven a besar.
No existían razones que la hicieran razonar, por ello el mundo le fue cerrando las ventanas y abriendo los sentidos.
En homenaje a la vida detestaba el cautiverio, y liberaba las palomas que anidaban en sus manos.
A pesar de su mutismo huía del silencio, y se volcaba hacia la vida como bandera al viento, para decir lo que se debe callar, y callar lo tantas veces dicho.
Le temía a la palabras, por eso hablaba con sonrisas, creía que al reír se ofrece el cuerpo entero, la vértebras se expanden, se pincelan las mejillas, las manos cantan, las pupilas flotan componiendo caricias.
Le temía a las palabras porque se habían congelado, decía que hasta los verbos habían quedado estáticos, ya no resbalaban los conceptos haciendo cosquillas en las fragilidades, ya no temblaban los adjetivos asfixiando las plegarias o haciendo florecer los versos.

Ya no se arrepienten las voces por arrasar el equilibrio de lo intacto.

Reía ante el amor y el desamor, porque ambos son milagros complementarios. Sólo el vacío puede ser llenado.

No hubo quien quisiera escuchar su piel ni arrancar el frío de sus labios. No hubo quien creyera que la sonrisa puede recitar y explicar y prometer.
Cuando Él maldijo su silencio y se le opacó la mirada, Ella le regaló una líquida sonrisa, que resbaló por su mejilla e inundó su garganta.

Y llenó el vacío con silente llanto.

lunes, 3 de enero de 2011

XII

Ellas descendieron del universo a mis brazos, habitando cuerpos esculpidos por la vida, dejaron en el viento sus alas batientes para permitirse latir en mi regazo.
Ellas son verbo en futuro, rebeldes ante la inercia, se transforman, crecen, se modelan. Proclaman la esperanza en la agudeza de sus preguntas, y sin esperar respuestas, crean y fundan los mañanas.
Ellas acuden a mi inocencia antigua desempolvando las gastadas pupilas, sólo para verlas expandirse en la existencia, ligeras de equipaje, ingrávidas, con el sólo impulso del destino avivándoles el cuerpo.
Ellas se van haciendo verso a verso, como un poema improvisado, se inscriben en mi historia como prosa consagrada y en sus ojos triunfa la metáfora del tiempo.

Ellas descendieron del universo a mis brazos, y desde mis brazos saltarán a inventar nuevos universos.