"No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo.
Aquí, mujer, te dejo tu figura."
RETRATO DE MUJER
Gonzalo Rojas



domingo, 7 de junio de 2015

Ella

Ella (yo) caminaba entre las chispas de mar y de espuma besándome los tobillos, miraba el horizonte como un difuso margen de mi historia y mi futuro, me dolían las entrañas, los huesos, la soledad y los recuerdos.

Me  dolía la  muerte y el abandono, dos duelos independientes y parte de un mismo amor.
Me dolía recordar las risas de mi hijo removiendo la arena, su cabello olor a vida naciente, sus ojos pardos, la delgadez de su inocencia. El día exacto en que le vi reír por última vez, aunque aún no era de día.

El sol empujaba el cielo tras el mar para aparecer guiñando una tímida tibieza, me levanto con la mirada aún dormida y sentí  el aire helado, una rara sensación para una estación de primavera.

Ambos aún dormían, y los observo durante  kilómetros de tiempo para dejar esa imagen en mis  pupilas. El hombre de voz ausente y pasión delirante yacía como niño ofreciendo su sueño a los astros o a los Dioses,  nunca lo sabría, pero le amaba así, simplemente por sus manos, porque esas manos me habían reconocido vida tras vida.

Mi hijo enlazado entre mantas hechas por mis manos yacía como hombre, como sabio, con apenas 8 años, pero tras sus párpados podía verse la profundidad de sus sueños, de su vuelo tantas veces iniciado.

Tú, mi hombre de voz ausente, despiertas y me extrañas. Soy bella ante tus ojos, río con sonrisa de mar y mi cuerpo se agita como el oleaje que estalla tan cerca nuestro... te abrazo mucho antes que salga el sol, porque a su llegada ya estarás lejos. Te acerco a mi pecho porque todo lo que soy y lo que eres se halla en ese espacio, y busco tus labios como alimento.
Te amo como instinto, indomable, cálido, infinito... me amas como misión, protegiendo, conteniendo, deseando. El fruto de esa unión corre a abrazarnos, con ojos bellos, con sonrisa ingenua, con vida plena.

Tras iniciarse la mañana el revoloteo de ambos parecían olas  o fogatas, pura vida moviéndose a mi alrededor y dentro de mi alma.

Les despido con un beso, a él en la frente a ti en los labios, un beso que dice hasta luego sin saber que para siempre serían los puñales esclavos de mi nostalgia. Te vas al azul que amas, me quedo en la arena, el ángel de ojos bellos vuelve a correr... esta vez demasiado lejos.

Nunca encontramos su cuerpo ni sus alas.

El dolor llenó nuestros besos, y partiste hacia la montaña, lejos del mar, cerca del bosque y de los lagos desiertos.

Partiste a buscarlo y a buscarte... quedé en la arena... llorando... contemplando amaneceres en soledad y sin tus brazos, y aunque traté de abrazarte ya estabas demasiado lejos.

Tan lejos como en aquella otra vida jugando al carcelero, esa vez tenías la mirada perdida y el ceño traicionero. Pero estaban tus manos intactas, me tomaban y me dejaban, me abrazaban y me olvidaban, al ritmo de tus pasiones y tus huidas, de tus razones para ser caricia o llagas. Yo esperaba…



Volviste otra vez, o quizás yo te busqué, caí en tus manos que me reconocieron de inmediato, o yo me fui amoldando a ellas como un rito milenario. Reconocí tu silencio y la nostalgia difícil de corroer a pesar de las vidas y las muertes y las heridas que cruzan a ambas.

Todos los tiempos se sellaron en un abrazo, no fue difícil amarnos…

“En un abrazo perfectamente sorpresivo, se extasiaron dos cuerpos afiebrados, y el ardor de la espera eternizada, derritió la urgencia de este sino. El sueño tantas veces extraviado, y condenado a morir como espejismo, se alzó latiendo, burlando su agonía, lapidando errores y olvidos. El sueño tantas veces delirado (conjurado y concebido) había sido escrito”

Y  “Te amé con la pasión amortajada, aterida por el enjambre de miedos póstumos que dejaron los fantasmas, me guardé los besos más húmedos y las manos desmembradas para no hacer tuyos mis rocíos de madrugada.”

Pero también estaba escrito el abandono, las lágrimas  y mis brazos desnudos…

“Los siete sentidos que dispone mi piel conocen tu ausencia, saben que hoy tu mirada recorre antiguas heridas y que tu corazón intenta salvar tus labios de la mentira. Las promesas sólo caben en lo posible, y el resto lo reserva la vida para los sueños. Estoy sentada frente a un silencio, de esos que auxilian fantasmas y hieren la garganta haciéndola vertir lágrimas y miedo. De aquellos que siembran espigas en el desierto. Me arde la espera en el centro del pecho, como volcán vestido de hielo. Recojo las cenizas esparcidas bajo las ruinas, me recojo el amor, su espejismo y mi espejo.”

Y escritos también los vaivenes de buscarte, y esperarte…

“Te perdí,  en serena nostalgia, sin certezas  y  sin lágrimas. Te encontré, recitando mis delirios e hice de mis sábanas, tu nido. Hasta que olvidaras nuestro olvido y el amor fénix esta vez resucitara sin mezquindades ni pecados omitidos.”

“Después de amarte te encontré, desnudo de ofrendas cargando el olvido. No hizo falta llamarte con sonidos pretéritos, sólo bastó un espejo y un abrazo sin beso. Del mutuo mar a la sagrada montaña, de tu bosque al lago, de la asesina ciudad a la enigmática isla, nos sumergimos y escalamos compartiendo alas y manos. Un capricho de la luna nos envolvió decidido, rodeando mi cintura con tus siete sentidos. Constelaciones enteras nos unieron a su vuelo, consumándonos en su brillo, cosiéndonos a la misma estrella.”

Y volver a perderte…

Aprendí que en esta vida ya no hay karma, y que mi amor de océano infinito se mecerá en sueños con tus manos de oleaje eterno… sin esperarte.

“Tomo mi paracaídas,
y del borde de mi estrella en marcha
me lanzo a la atmósfera
del último suspiro”
Altazor
Vicente Huidobro


lunes, 21 de julio de 2014

XXVII

Ella es relámpago y tormenta, sonrisa amplia y bella. Tiene dos imanes por pupilas, una voz que sabe alzarse, acariciar y jugar a las mentiras. Ella tiene tristezas inconclusas y lágrimas y espinas.
.....

Ella se hizo de acantilados, toda su sangre es cascada estrellándose dentro de su cuerpo. Nunca quiso ser trueno que deslumbra y detiene el paso, más bien quiere ser llovizna que refresca y que tienta a abrir la boca y beberla gota a gota.
.....

Ellas tienen historia escrita, distintas edades en las sienes y las mismas grietas antiguas. Conocen cada extremo del dolor, aman al mismo mago/amor, cargan las mismas heridas, pero elijen distintas formas de vestirlas.

Ella requiere acunar su niña dañada y dormida
Ella le versa un cuento de hadas y sanadoras profecías
Ella elige herir y olvidar
Ella (yo) sólo perdonar(la) y continuar...

miércoles, 12 de marzo de 2014

XXVI

“Te sigo queriendo, como el primer día 
Con esta alegría, con que voy viviendo 
Mas con el relevo, de las cosas idas 
En la expectativa, de los logros nuevos…”

Él toma su guitarra, Ella bebe de su voz tantos recuerdos. El primer acorde, el primer temblor y se reconocen dos antiguos niños columpiándose en el mismo vuelo.

“Te sigo queriendo, valga la osadía, 
Con la garantía, de mis pobres sueños 
Es decir, me empeño, porque todavía 
Vive el alma mía, de seguir creyendo 
Como el primer día, como el primer beso 
Y el primer exceso de melancolía…”

Él toma el tiempo entre sus dedos, consiguiendo en un solo rasgueo mezclar pasados, presente y todo lo venidero. Relativiza la pausa y la distancia, y todas las fisuras que dejó el silencio.

“Como la afonía del primer intento 
Como el argumento, de una profecía 
Como el primer día, te sigo queriendo”

Ella se deja  ir en la imagen de sus labios interpretando  los años guardados, convalecientes de sus heridas, y su memoria reconoce el idioma de su sosiego.

“Te sigo queriendo, si no lo diría 
Se que no podría con mis sentimientos 
Lo que llevo adentro, se convertiría, 
En una jauría, de remordimientos 
Como el primer día, eres el velero 
La estrella y el viento de mi travesía…”

Ella se deja ir en sus pupilas y su verde intenso, y comparte la lluvia que salpica este bosque haciendo más nítido su verdor y develando sus secretos.

“Mi filosofía, mi apasionamiento 
Mi mejor acento, mi soberanía 
Como el primer día, te sigo queriendo”

Él deja su guitarra, Ella deja los recuerdos y como el primer día, son en un mismo cuerpo, melodía y verso.


https://www.youtube.com/watch?v=W5byswHPYTA&feature=youtu.be

sábado, 1 de marzo de 2014

XXV

Ella tiene nombre… y sueños sin paracaídas. Las manos limpias, el corazón despertando.  Se entrega sin secretos, ofreciendo cada compás de su pecho, los vaivenes de su alegría, los brotes de sus tristezas, sus pasiones y agonías.

Ella tiene pasados infligiendo heridas  y heroicas debutantes sonrisas. Tiene de regreso su intrépido amor a la vida, a la que versa sus misterios, sus milagros, su anarquía.

Ella escapa de sus prisiones, vistiendo de rojo encarnado, alarga las horas de las pasiones, desnudándose despacio.
Se reconoce.
Se escribe.
Abultando las páginas de su historia que osadas y vanidosas, desertan del anonimato.

Ella puede disecar las lágrimas y guardarlas, y recurrir a ellas en los momentos de  despedidas, no teme a la sal de sus fracasos ni al dulzor del firmamento que dibuja en sus manos. Ella es libre de culpas y torturas, del temor a su mente, ya desertó el miedo a sus profecías, mientras fueron cumpliéndose una a una enlodadas de mentiras.

Hoy Ella tiene cuerpo vítreo y otro que suda y se estremece, juega a lanzar sus pupilas al viento, planeando sobre madrugadas y laberintos. Deja como estela, su cabello esparcido.

Ella es instinto, ofrenda y delirio.


Ella tiene nombre, el mío.

lunes, 3 de febrero de 2014

XXIV

Tras cada nueva visión Ella cerraba los sentidos, arrancaba hacia el crepúsculo de su armario y así, colgando en el vacío, decidía olvidar las sucesivas imágenes aterradoras y escalofriantes, para calmarse, para creer, para engañarse.

Se desprendieron de su luz 24 lunas nuevas y ella permanecía decidida a su ceguera, alejada de su naufragio, temblando como una sobreviviente envejecida por el cansancio, velando los restos de la profetisa que le zumbaba el oído de vez en cuando. Temía mirarla de frente y descubrir en sus ojos moribundos todas las verdades, temía a su propia esencia, tempestad desatada de imágenes errantes, temía que cesara el  irremediable sueño salvador de sus propios miedos, prefería el hipnotismo que le ofrecía su instinto claudicado.

Hasta aquel día.

En que el sol se sumergió en su crepúsculo, afilado, punzante, y su luz penetró en todos sus sentidos, despertándola de la muerte o del sueño, atravesando el armazón de sus pupilas, para arrancar las sombras de su fantasía o su falso paisaje. Ardía en el miedo, quería volver a su oscuro armario, pero ya no quedaban huellas de regreso y tuvo que mirarlo.

Ahí estaba él, desnudo, develando a la bestia que respiraba por sus poros, el mismo de sus imágenes aterradoras y escalofriantes, pero Ella ya no podía engañarse. Lo vio lamer sus manos ensangrentadas por los corazones heridos y devorados, pudo oler la hiel que derramaban sus labios, de tanto mentir se transformó su boca en una gruta ajada y sórdida, de tantas pieles que tuvo entre sus dedos, se le adormeció el tacto, y las caricias se transformaron en espejos rotos mutilando los cuerpos que confiaban en su abrazo.

Ella lloró hasta que el propio dolor la desterró agotado, y con los ojos abiertos, las pupilas secas, el temor vencido y el instinto consagrado, se alejó de la bestia, de su sueño y de su abrazo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

XXIII

Sentada al sol, como despedida. Embriagada de tibieza, llenitas todas sus memorias hasta el punto que no cabían más recuerdos. No quería obligar a sus pasados a retorcerse de forma ilógica en su cabeza, ni permitirle a la nostalgia hacer nido entre sus piernas.

Se iba desvaneciendo como boceto gastado, de tantos roces torpes o de olvido, iba desapareciendo como por descuido.

Hubo algo en esa última lágrima que fue capaz de borrarlo todo, y deshizo lo poco que podría haber quedado de la nada que fue antes de ser dolor.

Quiso decírselo, advertirlo de la corrosión de sus pupilas, que de tanta agua salobre oxidaron su brillo. Quiso contarle de su corazón adormecido por la espera vacía de esperanza, de sus labios acorralados por el silencio, de sus versos olvidados bajo el mustio cansancio.


No fue necesario, él dividió sus besos y los que le correspondieron a  Ella, sabían amargos.

domingo, 8 de septiembre de 2013

XXI

El trayecto era suave, sus pasos iban siendo acogidos por un abrazo blando que llegaba a hacer cosquillas en los talones, se detuvo un momento a sentir el hormigueo que se extendía hasta sus hombros, podía ser el frio, las madrugadas tienden a pronunciarse coqueteando con el sol, pero sin permitirle ser invadidas, sólo un leve roce, y de ese modo mantienen su fidelidad a la noche.

Ella se detuvo frente a la llegada de las primeras espadas de luz que rasgaban el horizonte, contempló la belleza del azul que inundaba todo, y las espadas iban también rasgando su espalda, tibias dagas embistiendo su cuerpo congelado, sus manos que temblaban al abrazarlo.

La ahogaba el miedo galopando en su pecho, un furioso corcel azabache que vivía atrapado entre sus latidos y la necesidad de domarlo, no había podido encontrarle un cobijo y le prometió descanso.

Forzó unos salados respiros, que se acumularon todos en su garganta, y obligó a sus pasos continuar la marcha.

El trayecto era húmedo, sus pies iban siendo atrapados lentamente, siguió el camino que trazaba su mirada, la misma que vertía más sal y agua.

Caminaba con espesa dificultad, mientras sucesivas ondas empujaban sus caderas, luego su cintura se rodeó de movimientos que fueron alcanzando sus hombros y su pecho, que seguía latiendo.

Sus pies fueron liberados, quedando suspendidos sin apoyo ni trayecto, al fin no había más camino y cesó el impulso de seguir andando.

Contempló la belleza del licuado azul que inundaba todo, disfrutó la última espada que llegaba a sus pupilas a través de la pequeña ventana que dejaba la espuma sobre su mirada, sintió el lánguido flotar de las cerdas azabaches, absorbió un salado respiro que se acumuló todo en su pecho, ahogando los latidos y el miedo.

sábado, 27 de octubre de 2012

XX


“He escrito tanta, inútil cosa, sin descubrirme, sin dar conmigo”, se escuchó mientras una puerta se cerraba de golpe, y Ella aún no sabía si había quedado afuera o dentro. Pasaron los segundos espesos, lánguidos y Ella seguía estática. Cerró los ojos para sentir el frío de la noche cubriéndole la espalda, sabiendo que el afuera sostenía un invierno crudo, pero no sintió nada. Extendió los brazos, abrió sus manos como en un acto de redención, apoyándose de una cruz imaginada, inhaló recuerdos que se movían inquietos a poca distancia, mientras Ella susurraba: “no amaré en seco, con tanto dolor, es quizás la única verdad que queda en mi interior, bajo mi corazón…” y su cuerpo vibraba en acordes demasiado conocidos y secos.
Aún con los ojos catapultados bajo sus párpados buscaba las señales de la intemperie, quizás un aleteo de su pelo intentando burlar el viento, el iniciante congelamiento de sus extremidades, ruidos sospechosos de calles desoladas entre la oscuridad, pero todo estaba inundado de nada.
“No sé si fue, que malgasté mi fe, en amores sin porvenir que no me queda ya ni un grano de sentir…” Entonces, abrió los ojos aterrada, ¿eso era?, ¿habría Ella dejado de sentir?, ¿ni siquiera el frío era capaz de traspasar su piel o habría congelado sus lágrimas?. Con dos pupilas dilatadas en extremo miró a su alrededor, todo estaba quieto, en el mismo lugar, las paredes iluminadas por sutiles destellos de la luz del fuego, la radio continuaba cantando… “Esta canción es la necesidad de agarrarme a la tierra al fin…”  bajó sus brazos, sacudió con un suspiro el vuelo de los recuerdos, se arrimó al fuego, sintió el calor en su cara, en su pelo, en su espalda, se palpó el corazón con las manos tibias, vio como las ventanas empañadas sugerían que afuera era invierno, crudo invierno, pero ella estaba dentro.
”Yo sé que hay gente que me quiere, yo sé que hay gente, que no me quiere…” se anidó sobre sí misma, sonrió y supo que en ese mismo nido había alguien que si la amaba.

http://www.youtube.com/watch?v=E4m_s8PkotM

viernes, 5 de octubre de 2012

XIX


Era un viejo rito hacia la fertilidad del corazón, con esto Ella lograba estar en permanente gestación de sentimientos, los gestaba y los paría, a través de dos pupilas. Los iba ofreciendo al mundo como ofrenda, los daba en adopción permanente o sólo los dejaba cuidando mientras tanto.

El rito consistía en quedarse quieta contemplando.

Veía niños que hablaban con sus maestros invisibles, que sonreían a los adultos en actitud de complacencia y compasión, de ellos fecundaba la humildad.

Veía hombres empujando sueños en una carreta que luego vendían a bajo precio, sentía la impotencia de esos brazos fortalecidos por el cansancio y de ellos gestaba valentía.

Se conmovió con mujeres que ofrecían su pan y su sonrisa a pesar de la carencia de alimentos y su hambre de caricias, de ellas, de todas y cada una de ellas incubaba la bondad.

Así  el mundo se le iba transformando en permanentes latidos, y su mirada palpitante se depositaba en todos los rincones no vistos. 

La llamaron ingenua, pero no comprendió el significado de esas palabras, no lograba escuchar, sólo observaba. Siempre supo que el origen del lenguaje reside en el cuerpo entero, en la danza de las manos, en los perfiles y en los cautivos monólogos internos. 
La llamaron loca y parió una sonrisa, no porque comprendiera, sino porque le atrajo la sentencia de esos ojos cuando la miraron.

Y seguía contemplando, entre los ecos, en medio del ruido incesante de las imágenes cotidianas,  seguía sintiendo.

sábado, 21 de enero de 2012

XVIII

“La pasión surge en el miedo”, dijo Ella mientras apretaba el volante con la mirada lejos de la ruta por tener los ojos llenos de recuerdos. Desmenuzaba su vida como robándole los pétalos a una margarita, los que luego iba tirando uno a uno hacia la orilla del camino. Yo la observaba con asombro, y con la certeza de que era cierto.

La pasión estalla en el amor que tiembla de terror a ser abandonado, cuando se desdibuja el cuerpo amado y la piel propia lo rodea para fundirlo, atraparlo, sellarlo a los huesos y a los poros. Cuando se busca en la inmediatez de un segundo entregar la vida, porque el mañana es muerte.

La pasión se alimenta de la temida y potencial despedida, es ahí cuando rugen los sentidos y se erizan los besos, cuando arde el vientre, cuando el sudor corroe los pliegues de la carne y quedamos desnudos con el alma hirviendo. Es en ese instante.

Tomé sus recuerdos como si fuesen míos, tanto los conocía que podría haberlos vivido. Pero eran de Ella, la misma que seguía conduciendo un automóvil que nos llevaba hacia el mismo lugar que nos vio ausentarnos, el mismo lugar que por tantos años ha testificado las heridas.

Y el amor sereno?, pregunté al aire, sin querer recibir respuesta, pero Ella no quería más silencios.

Es cansancio, dijo al mirar mi corazón tendido. Es el amor que se ha cansado de temer y se arrulla en el regazo. Es el sabio instinto de sobrevivencia.

No quería seguir escuchando pero Ella no quería seguir callando.

Traté de evadir sus palabras girando mi tristeza hacia la ventana, pero la calle estaba muda, ni siquiera las veredas emitían pasos, ni los árboles suspiros.

Y Ella hablaba. De la quietud inerte, de la tibieza impasible, de las salivas que quedaron en un beso olvidado, de la madurez tranquila y los vientres congelados.

Entonces quiero tener miedo, dije con una voz ventrílocua que no venía de mi garganta. Quiero temblar, aterrarme, sudar, beber, desfallecer, resucitar y arder. Quiero tener miedo.

Ya lo tienes, dijo Ella mirando mi corazón exaltado…. Ya lo tienes.

domingo, 8 de enero de 2012

XVII

Se acercaba la mirada de la tarde, el destello cansado de quienes se han cansado de mirar. Existían otros ojos allá fuera, en una selva inquieta y delirante; ojos grandes, pequeños, rasgados, oscuros, bicolores, sonrientes, mudos. Eran demasiadas pupilas que rebotaban contra la suya, sin lograr reconocerla. Y Ella seguía en búsqueda de aquella especial.
Creía en la existencia de una mirada única, aquella que planea sobre la calma y el caos con igual intensidad, aquella que logra hacer vibrar el vientre, y desnuda las pieles.
Por esa mirada Ella construía puentes invisibles, por esas pupilas imaginadas era capaz de respetar la luz del día y salir hacia el tumulto. La buscaba entre las ruinas, en un cementerio de miradas pálidas y frías que sobrevivían a la muerte del alma, y se tendían sobre el cemento hurgando pedacitos de cielo.
Por esa mirada hubiera renunciado a su muerte, y habría continuado haciendo caminos, sin el desencanto de las grietas que hundían sus pasos, sin el temor a las cumbres que agotaban sus sueños.
Habría despojado de su cuerpo todas las cicatrices, y habría vestido su cabello de caricias al viento. Por esa mirada que sabría reconocerla… y mirarla.
Pero no llegaba.

Esa tarde, cansada de recibir los destellos anónimos y miopes de cientos de pupilas arrancadas de sus almas, la encontró clavándole los párpados, urgiéndole a mirarla, ahí estaba con su brillo titilando pasiones, con la profunda intensidad de la calma. La vio como sonreía a través de las pestañas, como emanaba amor del tierno y recorría las cicatrices de su cuerpo y recibía las caricias de su pelo.
Vio como una hermosa y abultada lágrima se desprendía y deslizaba de esa mirada que seguía fija en Ella, al otro lado del espejo.


http://www.youtube.com/watch?v=QodvurHXLBU

jueves, 17 de noviembre de 2011

XV

Era invierno,de esos con aroma a manantiales sureños. Caían los días abultados de noches, negociando con las horas que esquivaban el sueño,las caderas demasiado ceñidas y los ojos insomnes, buscando estrellas que fugarían intoxicadas tras del manto del humo citadino.

Sintió el preámbulo del silencio que se acercaba. Ella, la que pisaba fuerte, salió al frío.

Las calles se alfombraban de recuerdos y nostalgias, los faroles desparramando jirones amarillos. Oyó las voces del crepúsculo y olió la madrugada que olía a chocolate tibio. Con el pretexto de ser libre se lanzo a las distancias, y las razones se empollaron en el nido de sus manos desatadas.

viernes, 14 de octubre de 2011

XIV

Ella escribió sobre su piel anónima, tatuándose verdades. "Ya no seré la viuda de mi existencia", y arrasó el luto de su cuerpo convirtiendo en trueno sus palabras. Sabía lo que era aún antes de serlo, sabía que sus manos sanaban soledades y que sus miradas eran cómplices del silencio, que podía amar sin excusas ni decorados argumentos, que su espíritu podía volar o aquietarse junto al fuego.

"Estoy aqui, envuelta en carne, tengo fibras, poros, sangre. Tengo sensaciones, fríos, torrentes, humedades. Tengo una vida que clama desde la tierra, una piel que se eriza con el roce del viento, tengo alas transparentes que planean bajo mi oido y sobre los cimientos, tengo la fuerza de la sobrevivencia y la paciencia de la muerte."

No basta con lamer la herida si no se arranca la espina, no son suficientes las lágrimas para limpiar las ruinas, ni el cansancio consigue apurar el término del dia.

Y Ella detuvo con su voz la confusión de la tormenta, calmó el trepidar de sus pupilas con visiones nuevas, envolvió la tempestad con su cuerpo, recorrió hasta el omega del tiempo y aunque quiso volar, decidió aquietarse junto al fuego.

lunes, 1 de agosto de 2011

XIII

A veces Ella corrompía el frío desatando vapores de su piel, no creía en los naufragios, decía que los olvidos sólo son pasajeros extraviados en el tiempo, se reía de todo aquello que esperó y que no fue.
Besaba con labios inconclusos, creía que los besos siempre deben dejar sabores forasteros porque así vuelven a besar.
No existían razones que la hicieran razonar, por ello el mundo le fue cerrando las ventanas y abriendo los sentidos.
En homenaje a la vida detestaba el cautiverio, y liberaba las palomas que anidaban en sus manos.
A pesar de su mutismo huía del silencio, y se volcaba hacia la vida como bandera al viento, para decir lo que se debe callar, y callar lo tantas veces dicho.
Le temía a la palabras, por eso hablaba con sonrisas, creía que al reír se ofrece el cuerpo entero, la vértebras se expanden, se pincelan las mejillas, las manos cantan, las pupilas flotan componiendo caricias.
Le temía a las palabras porque se habían congelado, decía que hasta los verbos habían quedado estáticos, ya no resbalaban los conceptos haciendo cosquillas en las fragilidades, ya no temblaban los adjetivos asfixiando las plegarias o haciendo florecer los versos.

Ya no se arrepienten las voces por arrasar el equilibrio de lo intacto.

Reía ante el amor y el desamor, porque ambos son milagros complementarios. Sólo el vacío puede ser llenado.

No hubo quien quisiera escuchar su piel ni arrancar el frío de sus labios. No hubo quien creyera que la sonrisa puede recitar y explicar y prometer.
Cuando Él maldijo su silencio y se le opacó la mirada, Ella le regaló una líquida sonrisa, que resbaló por su mejilla e inundó su garganta.

Y llenó el vacío con silente llanto.

lunes, 3 de enero de 2011

XII

Ellas descendieron del universo a mis brazos, habitando cuerpos esculpidos por la vida, dejaron en el viento sus alas batientes para permitirse latir en mi regazo.
Ellas son verbo en futuro, rebeldes ante la inercia, se transforman, crecen, se modelan. Proclaman la esperanza en la agudeza de sus preguntas, y sin esperar respuestas, crean y fundan los mañanas.
Ellas acuden a mi inocencia antigua desempolvando las gastadas pupilas, sólo para verlas expandirse en la existencia, ligeras de equipaje, ingrávidas, con el sólo impulso del destino avivándoles el cuerpo.
Ellas se van haciendo verso a verso, como un poema improvisado, se inscriben en mi historia como prosa consagrada y en sus ojos triunfa la metáfora del tiempo.

Ellas descendieron del universo a mis brazos, y desde mis brazos saltarán a inventar nuevos universos.


domingo, 21 de noviembre de 2010

XI

Ella abrió los ojos después de soñar su vida durante cuatro décadas consecutivas. Le urgía descubrir el origen de ese aroma que se adhería a sus sentidos, a todos, y se acoplaba a sus instintos.
Lo vio venir entre espejismos, entre imágenes pretéritas, sabía que era porque conocía su ausencia. Y había sido larga, como suelen ser las esperas.
Abrió los ojos y su mirada rebotó en la certeza. Le extendió su piel de amapola, le ofreció sus labios que no callan, y guardó las alas.

- Llegué
- Lo sé

Y anidándose en su cuello le escuchó decir en el eco de dos lágrimas:
- Bienvenida amor, bienvenida otra vez, a casa.

viernes, 22 de octubre de 2010

X

-Te voy a contar un cuento de princesas, le digo al oído.
-Podemos ser nosotras las hadas?, responde con las pupilas alborotando su rostro.

Cuando ella sacude sonrisas con sus ojos, el dolor se detiene a admirarla.
A ella le duele la vida. Porque la vida le ha herido los sueños, demasiado pronto. Sabe que el dolor quema, más allá del fuego. Sabe que la muerte es insolente aunque aún puede contar sus años con cuatro dedos. A ella le duele la piel y el miedo. Pero se viste el alma de hechicera y crea magia en cada aleteo de sus pestañas y entonces todos los temores agazapados en su pecho se transforman en corceles alados, en unicornios milcolores, y esa lágrima que temblaba en su mejilla me pide que comencemos el vuelo.

- Habia una vez...
- Por qué sólo una?
- Déjame comenzar el cuento, Isabella
- Es que quiero que sean muchas veces...
- Está bien, "Hubo muchas veces..."
- Y habian muchas hadas?
- Si, habian muchas hadas y desde cada rincón de aquel hermoso y encantado bosque salían a cantarte por las noches
- Por eso tengo sueños lindos?
- Con qué sueñas, princesa?
- Que no estoy en esta pieza, que estoy en el mar, que no me duele, que tengo alas y el pelo largo, que estamos juntas, que jugamos en la arena.

.....

- Entonces duerme, le digo, con una lágrima hablándole al oido. Duerme, que las hadas te esperan.

lunes, 20 de septiembre de 2010

IX

“No me esperes esta noche, estaré ejercitando la imprudencia, intentaré dejarte el café servido para que despierte tu inconsciencia. No estaré sobre las sábanas, ni bajo ellas. No veré el gesto de macho herido que actúas con destreza. No implores por mis sabores ni encalles entre mis piernas, hay dos o tres silencios de distancia que aseguran mi ausencia. Me voy porque me asusta la nada y me aterra tu ceguera, porque la costumbre me ha dejado tantos sueños aún en vela, que ya ni sé cómo cargo, con tanta experticia, la impotencia. “


Todo lo que buscaba no estaba en aquel armario. No sabía que llevarse, abría y cerraba los cajones llenitos de ausencias, mientras iba dejando sobre la alfombra charquitos de tristeza. No sabía aún porque dolía tanto esta despedida, no habría ningún motivo para extrañarlo. Apenas conocía sus texturas y sus temblores, no supo de sus misterios y menos aún de sus temores. Figuraba como un espejismo en su vida, de esos que tan sólo con querer tocarlos ya se desvanecen, pero había un vacío entre sus huesos que no sanaba ni moría.

Llovieron doce inviernos tras su ventana, se amontonaron los soles y los arcoíris mas ella no vio nada. Hasta hoy, cuando acerca sus pasos al abismo y en el fondo encuentra su esperanza.

Lo dejaba en una esquina de la casa, con la piel atiborrada de suspiros, se detuvo sin querer, a mirar sus gestos de macho herido, no quería verle llorar, mas nunca le vio sonreír. Le acariciaba el alma con miradas tiernas, mas él nunca conoció el idioma de sus pupilas. Él estiraba sus manos para alcanzarle, pero Ella ya había tomado el paracaídas.

Caminó descalzo, sintiendo la ardiente humedad del suelo, se detuvo frente a sus recuerdos, volvió al cuarto mientras ella bajaba la escalera. Abrió sus misterios con los ojos atrapados y entre su impulso y el desconcierto encontró aquella hoja roneo en la que Ella había escrito tantos siglos antes… releyó cada frase con la agonía punzándole en el pecho… tal vez entonces comprendió esas palabras, tal vez aún guarda entre sus sienes el epitafio lúcido de quien se despide, pero no abandona…

“Detrás de mí, guardo tus historias, demasiado añejas ya para esta piel, te toco como para reconocerte y definitivamente eres el mismo de ayer. Estiro mis ganas para asombrarme, para producirte, para engañarme...pero eres y ya no soy, quizás un poco la que aun despierta a un lado de tu costilla, la que despeina tus días, mas ya no guardo el vértigo reservado a tus caricias, ya no se eriza mi piel bajo tu aliento, ya no titilan mis pupilas con tu mirada… ya no.”

Ella presintió sus pasos atrapándole la sombra y sintió sus ojos rasgándole la espalda, no quiso darse vuelta… pero al abrir la puerta supo que nunca más saldría, miró su abismo, tiró el paracaídas y su esperanza... mientras sentía estallar la bala certera, desde su columna a sus caderas.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

VIII

El la amaba, aseguraba ella, mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Entre las cuatro paredes que conformaban su universo, ella giraba en desorden por los vértices de su silencio.
“Me ama porque me regaló un roce de sus manos a través de mi sombra”, se contaba orgullosa. “Me amó ayer, cuando lo ví venir con los ojos bajo el brazo, mucho viento en el pelo y una sonrisa guardada en la solapa”. “Me ama aunque su voz se haya extraviado en el tiempo”

El la amaba, con los instintos aplacados, con las vísceras dormidas y la saliva escarchada.
Ella se dejaba amar así, ausente, muda, resignada.

Ella era frágil ante sus besos, los iba recogiendo uno a uno los desparramados al viento, los teñía de rojo intenso y se los llevaba a los labios en un acto de redención y esperanza, aunque cada día sabían más a mutismo y hielo.

Al amanecer, ella lo vestía con rutinario esmero, anudando las frases al silencio, quizás así evitaba el estallido de pupilas que guardaba por miedo a quebrar la inquietante calma. Le imaginaba diciendo, rompiendo el eco exacerbante de la nada.
Le alcanzaba a besar la estela de su partida cuando él salía al mundo provisto de escudos y espadas, escudado de la estampida y del tumulto, escudado quizás, de ese beso que le hablaba.

Otro día se levantaba sin grandes pretensiones ni sorpresas, ella dio un par de vueltas sobre su abismo y se recostó sobre el lado de él en la cama, husmeó sus aromas, se derritió en el precario calor que dejaban las sábanas. Imaginó su beso errante atracando al fin en su originario destino, recordó esas primeras noches navegantes en que los besos no eran esquivos y las pieles brotaban en salinos caudales. Asombrada de sus poros percibió la humedad que emanaba de la selva esteparia de su cuerpo, fluyendo y socavando los territorios en sequía, latía fuego en el torrente de su sangre, embistiendo los volcanes que se hallaban silenciosos, haciéndoles empinarse voluptuosos, ardientes, sofocantes, estallando en lavas intensas que derramaron sigilosamente soberanía por su carne.

Inusitadamente coqueta miró al vacío, se le resbaló una mirada hacia el fondo del abismo, se sorprendió empuñando sus sueños infinitos y tuvo miedo de sus paredes, de su universo y del frío.

Esa tarde lo espero distinta, llevaba el cabello vestido de mujer, aguardó paciente el cotidiano beso lanzado al aire pero esta vez no lo recogió de la alfombra sino que se embarcó decidida hasta su boca, y su lengua lazarilla, hizo todo lo demás.
Lamió su pecho como loba a su presa, bajó intrépida hasta la raíz de sus sudores, abrió su blusa ceñida y desafiante, le obsequió en la boca sus enhiestos volcanes, lo acogió entre sus muslos, antes firmes, hoy deseantes, bebió gota a gota la ola palpitante que en su vientre se hizo océano, algas y corales.


“Te amo”, dijo una voz de hombre, una voz olvidada, tímida y asedada.
“Te amo” dijo el hombre que se armaba día a día sin mirarla, con una argolla en el dedo y las sienes plateadas.
“Te amo”, le dijo el recién cautivo, con la vista emborrachada entre su cuerpo de hembra intacta.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

VII

¡Ámame! le rogaba Ella con un grito en la mirada y en la voz, un rubor avergonzado.

Cada tarde se acercaba a sus ojos, esos ojos teñidos de selva esteparia.
Los besaba con labios brutalmente vivos, y se apartaba de ellos con la boca teñida de delirios. Cada noche le hablaba de sus tormentos, los que iba relatando con inusitada calma, se sentaba a sus pies con derrotado encanto cubriéndose la inercia con una manta. Le hablaba de los días que traicionan, de las horas que resbalan, le contaba de paisajes no encontrados y de todo aquello que iba perdiendo casi sin darse cuenta.

Al despertar, le saludaba con los sueños enredados, no esperaba la respuesta y se marchaba serena, durante el día le pensaba con silencio enamorado y esperaba las 6 con un latido entre las piernas.

Ese atardecer llegó a casa llorando, maldiciendo las calles con su gente tatuada, odiaba el otoño y el suicidio de las hojas hacia el viento. Lloraba sin consuelo, aunque lo buscaba.
Se abalanzó a sus brazos, se tendió en su pecho, mientras litros de sus lágrimas le iban cubriendo.

¡Ámame! le rogaba con un suspiro empapado, mientras la tristeza se le licuaba tras los párpados.

Una saliva amarga le hizo abrir los ojos y tembló de horror al ver un lago de colores exudando del rostro de su hombre. Estiró sus manos para alcanzar las pupilas verdes y palpó el lienzo húmedo e inerte.
Tocó los labios que derretían besos hasta el suelo, trazó con gélido espanto el perfil y las facciones que transfiguraban perversamente los gestos de aquel (su) hombre.
Vio escurrir entre sus dedos, su engendro de grafito y tinta, y vio desdibujarse entre sus manos su propia vida

¡Mátame!, le rogó con un ahogo desahuciado, mientras veía diluirse lentamente, aterrada y atenta, un amor diseñado con la pasión inventada tras todas sus ausencias.

¡Mátame! Le rogó, odiando sus lágrimas verdugas, ¡mátame ahora con las tuyas!.

Bebió gota a gota el óleo maloliente, y se tendió a sus pies, a pintar la muerte.